sábado, 2 de junio de 2012

Cuando Sofía se enamoró de Sebastián


Ése joven le resultó repulsivo a la Señorita Sofía. Para cualquier otra mujer hubiera sido perfecto. Para Sofía era un conjunto de excesos y carencias. Le pareció grotesco cómo el vello  de las áxilas se le escapaba entre las rayas de su camiseta. Le incomodaba el bulto que se le formaba entre las piernas. Lo comparó en la cocina con el refrigerador, se dio cuenta, sin necesidad de acercarse; que ella, sin tacones, era cinco centímetros más alta. Una terrible idea pasó por su mente, de casarse con él, le diría adiós a los tacones de punta alta. ¿Qué será de mí? se preguntaba una y otra vez. ¿Cuán horribles serán mis hijos de terminar con este idiota?¿Acaso será capaz de darme hijos que no seanMongolos? Voy a seufrir. Todo esto me va a doler. Todo esto me va a matar. Mientras Sofía pensaba todo esto, su madre, Doña Sofía,, imaginaba al joven sin camiseta, se imaginaba besando el vello de sus áxilas, se imaginaba parada de puntas para poder besarlo, algo que siempre le pareció terriblemente dulce. 

Después de irse el joven Sebastián, Doña Sofía y la señorita Sofía lloraron toda la noche, una  por la asquerosa vida que le esperaba y la otra por no tener vida o juventud  suficiente para retosar con ése joven. "Sin dinero y vieja. Vieja y sin dinero. Mi flaca, escuata y repulsiva hija es lo único que tengo", con estas palabras Doña Sofía se obligaba a entender ése destino al que se rehusaría hasta su último aliento, ése último suspiro que diez años después daría, desnuda y en los brazos del joven Sebastián.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Bestia

Mi canción Favorita. Expresa en su totalidad cómo me resulta la vida. Cómo siento los días. Cómo los vivo.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

2 de noviembre

Hoy prepararé Tamales rellenos de carne de res, Menudo, Chocolate Caliente y compraré toda clase de golosinas. Compraré flores y haré unas cuantas más de papel de todos los colores. Pondré a hervir la Jamaica y la canela para prepararle a papá sus bebidas favoritas, omitiré todas aquellas que le hicieron tanto daño, ni habrá espacio para el alcohol, mucho menos para las drogas. Hoy espero venga de buenas y aunque no hablemos, ojalá me de un beso cuando venga y vigile mi sueño por instantes. También espero a una de mis mejores amigas. Los espero a los dos con las ganas de que no sólo fuera en espíritu, los quisiera ver a los dos como antes, como todo el tiempo, bueno a mi papá me gustaría pedirle que no se drogara esta vez, por ello no puse farmacos en el altar. Ojalá el camino de veladoras y aserrín los guien bien. Ojalá el perro a la orilla del altar los guie bien. Ojalá el amor por los que quedamos muertos los guie bien.

Qué bonito es México. Qué bonitas son sus tradiciones. Qué bonito es morir.

domingo, 30 de octubre de 2011

Oportunidad

Eran las 5:30 am. Santiago caminaba a paso lento por la acera del boulevard más transitado de la ciudad. Las zonas de poca luz eran iluminadas por momentos por los autos que, con luces altas, transitaban a esa hora. El pitar de los taxis en busca de una reacción de Santiago, el ruido de los carros viejos al pasar, y los problemas de Santiago armaban el soundtrack del momento en la cabeza del joven. El cansancio era notorio en el caminar de Santiago que ya había recorrido  7 kilometros de recuerdos que lo atorementaban.  Las luces de un auto advirtieron la presencia de tres sujetos que se acercaban, Santiago, sin miedo, siguió caminando. Uno de los tres sujetos preguntó por la hora, sin nada qué perder, Santiago contestó y el otro como agradecimiento le mostró y acercó una navaja al estomago. Ellos pidieron algún tipo de ayuda mientras Santiago buscaba entre sus ropas algo que dar, desesperados por la ayuda, uno de ellos metió la mano en uno de los bolsillos, sacando sólo una credencial sin valor; al momento los tres se despidieron abruptamente gritandole toda clase de cosas. Santiago quedó inmovil por unos segundos, después estalló en llanto, no de miedo por el altercado, sino porque la navaja no atravesó su cuerpo y los problemas se hicieron escuchar nuevamente en su cabeza.

lunes, 24 de octubre de 2011

Frágil

No recuerdo con exactitud la fecha en que comí por última vez, debió haber sido con aquella galleta salada que encontré en la alacena de mis vecinos; o quizás fue el sobre de catsup que devoré lentamente mientras veía lo horrendo y sucio que lucía mi cuerpo en el espejo del baño. El pensamiento de que ya nada valía la pena pasaba por mi mente una y otra vez, y se hacía más fuerte cada que entraba a mi racamara y veía las fotos en la pared de mis heroes fallecidos, todos ellos asesinados por el mismo monstruo que me atormenta y del cual no puedo escapar. Mi casa era el más claro ejemplo de cómo el mundo se caía a pedazos, nada de comida en el refrigerador, cristales y basura en toda la casa iluminados por la poca luz que dejaba entrar la persiana, el olor a podrido era insoportable; afuera, el cielo parecía fundirse con el sol, me resultaba imposible voltear hacia arriba. En la calle ya no había nada que pudiera comer, ya nada podía tragar, estaba en la etapa que la palabra hambre pierde significado. Era el apocalipsis, el apocalipsis que yo misma provoqué al abrir la caja de pandora que un apuesto joven llevó a mi puerta meses atrás. Sin esperanza alguna me vestí con el poco valor que me quedaba y decidí enfrentar al monstruo de metal que dormía bajo la cama, ese que esperaba inmovil para destrozarme en el momento que decidiera enfrentarlo. Abrí la puerta con extremo cuidado, fui a la cama, me agaché y lo arrastré a la luz; lo vi con terror mientras él parecía no inmutarse, al verlo tan frágil, subí sobre él; las plantas de mis pies sintieron lo helado de su cuerpo, fijé mi vista al frente, dejé que mis costillas se estremecieran por el dolor del suspiro; bajé la mirada y permití el golpe mortal que la bestia me dio con los números de su frente, mientras la aguja que estaba bajo la cifra aún temblaba de felicidad al verme destrozada.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Aroma a Canela.


Hoy, una persona me recordó a Papá. 

Tres veces mi papá se perdió, no sabíamos nada de él, y es que las pocas cartas que mandó en su ausencia no decían nada, sólo nos confirmaban que seguía con vida por el garabato al final de ellas que nadie más podía reproducir. Muchas de las cartas duraban semanas sin abrirse porque todos temíamos que en alguna de ellas escribiera la fecha de su regreso; y es que, aunque nadie lo dijera, todos en la familia deseabamos que jamás regresara, que jamás muriera; que sólo se mantuviera como lo había hecho, sin existir y sin dejar de estar, porque sabíamos que su muerte ocasionaría tristezas a pesar de todo y que su regreso también lo haría; en ese momento no sabíamos que la muerte de él, años después nos traería una tristeza pasajera que vendría acompañada de una calma que nuca en la vida la familia había tenido.

Casualmente las ocasiones en que desaparecía eran fechas en que se le necesitaba, unas por dinero y otras porque se añoraba la presencia de la pareja de mi madre, para que no confundiaran al padrino de graduación con el padre perdido. Pasaban días, meses y la última vez pasaron dos años sin saber de él. Esa última vez no volvió con el aroma que caracterizaba sus regresos, el olor que percibí esa última vez fue a caldo de pollo, mi hermana lo preparaba con ahínco tratando que con eso se borraran de tajo los dolores que papá sentía, la tonta creía que el chayote y elote regresarían el color a sus venas; la zanahoría y el apio desinflamarían su vientre, no sabiendo que su estomago no estaba inflamado por gases, sino por el odio guardado durante tantas ausencias por toda la familia.

Ese día salí de la escuela y en lugar de seguir con mi rutina de ir a casa, decidí visitar a mi hermana, decidí olvidarme del orgullo y tocar su cerco con la única moneda que quedaba en mi bolsillo, toqué despacio, pidiendo a no sé qué Dios que mi hermana no escuchara, no fue así, mi hermana abrió la puerta y al verme intentó disimular su sorpresa. Entré a la sala después de inventar razones estúpidas del porqué de mi visita, sin lograr que alguna desviara la conversación hacía el punto donde se dirigía, sin lograr que mi hermana NO me pidiera ver al hombre que recordaba entre olor canela. Después de disimular, igual que ella, mi sorpresa y de fingir no haber llegado a su casa por ese motivo; caminé hacia el cuarto al final del pasillo, cruzé la cocina a paso lento, por un momento pensé que mi cuerpo hervía y hedía, volteé a un lado y vi la olla en el fuego y perdí el miedo, descubrí que no era yo el que me quemaba sino el pollo que chapoteaba entre verduras tratando de escapar de ser devorado por el hombre que yacía en la cama del rincón del último cuarto, hasta el pollo sabía que los ácidos del estomago de papá serían peor que cocerce entre tanto ajo que mi hermana pone a cada comida. Porque la maldad se siente aunque te escondas en un congelador, aunque te cubras de carnes ajenas y de distinto color. El espacio que faltaba para ver a papá era semejante al que hay entre mi cama y el armario, pero me dió tiempo para pensar en todas aquellas veces que lo veía regresar de sus viajes en barco a la imitación barata de Oceanía; pensé en la razón por la cual me iba a negar a recibir una caja más de chicles de canela, conjugué en mi mente cada verbo que conocía con un adjetivo ofensivo para armar cientos de oraciones que lo hicieran sufrir tanto como yo lo hacía en cada uno de mis cumpleaños, pensé en levantarlo a golpes de la cama pidiendo que no fingiera más una enfermedad que había conmovido a todos pero que no funcionaría conmigo. El espacio se acabo, cruce el umbral de la puerta con los ojos cerrados a falta de puerta que dividiera el pasillo del cuarto; antes de abrir los ojos percibí que el olor del caldo cambiaba, ya no percibía el oregano, desapareció en el aroma a tristeza. Abrí los ojos y no lo vi. EL hombre que yacía frente a mí no era mi padre. No era aquel que había visto en el baño, años antes, con los ojos en blanco, con cuchara y jeringa en mano. No era aquel que pedía perdon. Mi interior se inundó de llanto que no pudo salir. No dije nada, lo contemplé. Cuando abrió los ojos fui yo quien pidió perdon por no haberlo ayudado  con las fuerzas necesarias, por no haberlo amarrado con cadenas de amor a la familia que tanto lo necesitaba. Fue a mí a quien grité las oraciones que preparaba para él. Quería correr a la cocina y decirle a mi hermana que le pusiera papa, calabaza y repollo al caldo para que curara el corazón de mi padre. Que cuando lo sirviera le diera tortillas de maíz que borraran las cicatrices de sus brazos. Fui yo el que se sintió derrotado al ver que mi padre no sabía lo que estaba estudiando cuando lo preguntó, me sentí culpable por no haber mandado cartas al aire contandole mi vida, por no haber platicado con él como con los amigos lo hacía. Fui yo quien quizo oler a canela esa vez.

Gracias a la persona que bailaba entre coches esta mañana, con fotografía atada al cuello, ofreciendo goma de mascar.

domingo, 14 de agosto de 2011

AH!

Inutil.
Te quiero contar lo que me pasó ayer.
Quiero que sientas lo que sentí ayer.
Hoy no puedo ni deletrear una de las palabras que ayer grité.
Hoy no puedo ni pensar que existirá un después.
Inutil.
Un teléfono color rosa en mi mano izquierda y un vaso con dulce en mi derecha
impiden el paso hacia la puerta.
He deseado ser eso que tú no ves.
Eso que tú no quieres.
Eso que yo no soy.