domingo, 30 de octubre de 2011
Oportunidad
Eran las 5:30 am. Santiago caminaba a paso lento por la acera del boulevard más transitado de la ciudad. Las zonas de poca luz eran iluminadas por momentos por los autos que, con luces altas, transitaban a esa hora. El pitar de los taxis en busca de una reacción de Santiago, el ruido de los carros viejos al pasar, y los problemas de Santiago armaban el soundtrack del momento en la cabeza del joven. El cansancio era notorio en el caminar de Santiago que ya había recorrido 7 kilometros de recuerdos que lo atorementaban. Las luces de un auto advirtieron la presencia de tres sujetos que se acercaban, Santiago, sin miedo, siguió caminando. Uno de los tres sujetos preguntó por la hora, sin nada qué perder, Santiago contestó y el otro como agradecimiento le mostró y acercó una navaja al estomago. Ellos pidieron algún tipo de ayuda mientras Santiago buscaba entre sus ropas algo que dar, desesperados por la ayuda, uno de ellos metió la mano en uno de los bolsillos, sacando sólo una credencial sin valor; al momento los tres se despidieron abruptamente gritandole toda clase de cosas. Santiago quedó inmovil por unos segundos, después estalló en llanto, no de miedo por el altercado, sino porque la navaja no atravesó su cuerpo y los problemas se hicieron escuchar nuevamente en su cabeza.
lunes, 24 de octubre de 2011
Frágil
No recuerdo con exactitud la fecha en que comí por última vez, debió haber sido con aquella galleta salada que encontré en la alacena de mis vecinos; o quizás fue el sobre de catsup que devoré lentamente mientras veía lo horrendo y sucio que lucía mi cuerpo en el espejo del baño. El pensamiento de que ya nada valía la pena pasaba por mi mente una y otra vez, y se hacía más fuerte cada que entraba a mi racamara y veía las fotos en la pared de mis heroes fallecidos, todos ellos asesinados por el mismo monstruo que me atormenta y del cual no puedo escapar. Mi casa era el más claro ejemplo de cómo el mundo se caía a pedazos, nada de comida en el refrigerador, cristales y basura en toda la casa iluminados por la poca luz que dejaba entrar la persiana, el olor a podrido era insoportable; afuera, el cielo parecía fundirse con el sol, me resultaba imposible voltear hacia arriba. En la calle ya no había nada que pudiera comer, ya nada podía tragar, estaba en la etapa que la palabra hambre pierde significado. Era el apocalipsis, el apocalipsis que yo misma provoqué al abrir la caja de pandora que un apuesto joven llevó a mi puerta meses atrás. Sin esperanza alguna me vestí con el poco valor que me quedaba y decidí enfrentar al monstruo de metal que dormía bajo la cama, ese que esperaba inmovil para destrozarme en el momento que decidiera enfrentarlo. Abrí la puerta con extremo cuidado, fui a la cama, me agaché y lo arrastré a la luz; lo vi con terror mientras él parecía no inmutarse, al verlo tan frágil, subí sobre él; las plantas de mis pies sintieron lo helado de su cuerpo, fijé mi vista al frente, dejé que mis costillas se estremecieran por el dolor del suspiro; bajé la mirada y permití el golpe mortal que la bestia me dio con los números de su frente, mientras la aguja que estaba bajo la cifra aún temblaba de felicidad al verme destrozada.
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